jueves, 24 de marzo de 2011
Traslación y entierro
En ti, el trazo del horizonte había desaparecido: el mundo había cerrado, el cielo había caído, la tierra se llenó de cielo y el mar de cielo y agua y polvo se ahogó en el otro mar, el del Cosmos. La cortina del alma estaba levantada y tus manos (ahora Nebulosa) y tu cuerpo (ahora respiración profusa) y tus ojos (ahora Galaxias ahora Estrellas ahora Planetas ahora Hoyos Negros de la conciencia) formaban el nuevo mundo. Cuando hablaste no era tu voz la que hablaba; era el cielo de este mundo que se abría, plomizo y luminoso. Tus manos no eran tus manos sino la brisa caliente de aquella mañana primigenia. Tu nombre: la superficie pantanosa en que habían reposado las Presencias Infinitas, que, abrazando el silencio, desenvolvieron el peso del Universo sobre su propio peso y lo enterraron en el núcleo del alma, con su aliento de dioses y sus rostros como abismos y sus miradas crepusculares que lo contienen todo.
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Hola, Emmanuel.
ResponderEliminarBellísimas metáforas. Bellísima metáfora. No sé bien si el cosmos con sus mundos ha bajado a tus manos a través de emociones desbordadas o si tus emociones, cual profetas desilusionados, se han aislado en el gran claustro del orbe que se traslada y permanece, muere y renace, y es tumba y retoño en polvo de estrellas.
No lo he comprendido bien, como verás, pero ¡me ha encantado!
Tu prosa poética se viene distinguiendo por componentes intimistas, cuya ferocidad en los sentimientos asomados al trasluz de lo que no se cuenta seduce y golpea al lector sensible.
Te felicito, Emmanuel. Has ganado calidad y soltura, llegas con poesía de alto vuelo espiritual.
Te mando un abrazo.