jueves, 24 de marzo de 2011
Traslación y entierro
En ti, el trazo del horizonte había desaparecido: el mundo había cerrado, el cielo había caído, la tierra se llenó de cielo y el mar de cielo y agua y polvo se ahogó en el otro mar, el del Cosmos. La cortina del alma estaba levantada y tus manos (ahora Nebulosa) y tu cuerpo (ahora respiración profusa) y tus ojos (ahora Galaxias ahora Estrellas ahora Planetas ahora Hoyos Negros de la conciencia) formaban el nuevo mundo. Cuando hablaste no era tu voz la que hablaba; era el cielo de este mundo que se abría, plomizo y luminoso. Tus manos no eran tus manos sino la brisa caliente de aquella mañana primigenia. Tu nombre: la superficie pantanosa en que habían reposado las Presencias Infinitas, que, abrazando el silencio, desenvolvieron el peso del Universo sobre su propio peso y lo enterraron en el núcleo del alma, con su aliento de dioses y sus rostros como abismos y sus miradas crepusculares que lo contienen todo.
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